De la Pluma e’ Gallina A Los Copitos Johnsons’s
Julio Oñate Martínez
En mis hermosas vacaciones de la infancia que siempre disfrute allá en la Villanueva de medio siglo atrás, pude apreciar hábitos y costumbres propias de la descomplicada gente de ese entonces, cuyos recuerdos han ido aflorando a través del tiempo por tener alguna relación con ciertas situaciones ya contemporáneas.
Era la época del papel crespón, del azul de pelotica, el sebo de cuba, el jabón de potasa, el almidón de yuca, el veramón, la sal de Glauber, los pañuelos pirámide, el bay rum, el currican, la quinina, el alcoholado glacial, los zapatos ‘Triunfo Unión’, los jeans ‘Pantera negra’, la rula ‘Collins’, la Gillete, las lámparas de petróleo, el piedralipe, los calzoncillos de cottón, el tafetán y las crinolinas almidonadas.
Varias décadas nos distanciaban de la aparición de los copitos Johnsons’s craneados por Mr Johnsons’s como aplicadores de ciertos medicamentos, pero que desde entonces la gente de todas partes incorporó al aseo de los órganos auditivos.
Siempre recursiva e ingeniosamente, los provincianos de esos lejanos años, cuando la uña era insuficiente para desalojar la cera que en su protección el oído va produciendo, utilizaban una plumita de gallina o cualquier otra ave de corral para complementar la asepsia, aunque en algunas ocasiones ante la ausencia de algún plumífero donante se introducían la llave, casi siempre del baúl, o cualquier pajita cercana, e inclusive un huesito de perdisiña después del guiso y hasta llegué a presenciar el desarme de una cometa rota para cortar en trocitos pequeños las varillas del armazón, y así emplear todos estos elementos para extraer la cera acumulada en los cartilaginosos radares.
Las damas casi siempre la tenían más fácil, pues ellas echaban mano de los ganchos para el cabello, los cuales utilizaban por el extremo que forma el pequeño arco al ser doblados y que, a manera de ganzúa, fácilmente retira esta incómoda secreción. Posteriormente, cuando llegó el algodón de paquetico, se forraba el arco del gancho con este elemento para hacer más fácil y segura esta práctica de limpieza auricular.
Los primeros copitos de algodón que vi por aquí, ya en mi adolescencia, antes de la era del poliuretano, tenían el manguito de madera y lo cierto es que estos minúsculos escarbadores de cera para mí han sido de reciente uso, sin querer afirmar con esto que prefería las criollas técnicas de antaño, sencillamente con la uña del meñique podía resolver el cuento, pero con los años la aparición de la cera es más frecuente y abundante.
Hace poco tiempo comencé a usar los tales copitos que hoy genéricamente todos se denominan Johnsons’s, pues los hay en diversidad marcas empaques y colores. Para mí era tranquilizante el resultado de las excavaciones en el oído al comprobar la eficiencia de los copitos como removedores de la cera, pero después de algunos meses de continuo copiteo (y que me perdone Mary Daza), comencé a tener problemas auditivos principalmente al dialogar por el celular sin la más mínima sospecha que mi parcial sordera y la chicharra que zumbaba en mis oídos estaban relacionadas con los, en apariencia, inofensivos copitos.
Tras consultar a mis amigos, los otorrinos Miguel Ángel Rodríguez y Danilo Ortiz, pude tener claridad sobre la causa del problema; entre la boca del oído y el tímpano, hay un pequeño cráter que se va llenando de cera con el manipuleo del copito, pues este remueve solo una pequeña parte y la restante la va empujando hacía el cráter que, con el transcurso de los días, se va llenando y compactando a manera de un cemento nada fácil de extraer y que poco a poco va interfiriendo en la normal audición. Es necesario entonces un molesto lavado para remover el cemento y recobrar así la fidelidad auricular.
Este par de ilustres galenos de los sentidos me comentan que no cesan las advertencias a sus pacientes sobre los problemas que origina el uso de los copitos en la limpieza del oído, pero la gran mayoría no atiende esta sugerencia y al poco tiempo regresan con los oídos retacados de cera, donde el especialista, quien muy sonriente sabe que mientras se sigan fabricando estos implementos y la gente continué escarbándose con ellos los oídos, nunca faltarán pacientes en sus consultorios.
Lo cierto es que desde que dejé de usarlos tengo el oído más afina’o que un ñeque que, como decía el viejo Emiliano Zuleta, “es el animal más arisco que hay en el monte, pues to’ lo oye”.
Julio Oñate Martínez



